En el Centro Histórico de la Ciudad de México, junto a Catedral, todavía encontramos trabajadores con carteles hechos a mano: “Plomero”, “Pintura”, “Yeso”, “Se hacen trabajos”. Durante décadas, esa escena ha formado parte del paisaje urbano. Pero quizá también sea una fotografía del futuro de muchos trabajos digitales.
Durante años, desarrollar una landing page, una app o una plataforma requería equipos: diseñadores, programadores, especialistas en UX, copywriters, traffickers y expertos en automatización. Una aplicación se construía línea por línea; sitio podía tomar semanas y una campaña necesitaba varias manos.
Hoy, la inteligencia artificial está comprimiendo todo ese proceso.
Cada vez es más fácil pedirle a una IA que genere código, diseñe interfaces, escriba anuncios, cree imágenes, construya una landing o automatice procesos. El problema no es que esas profesiones desaparezcan mañana. El verdadero riesgo es que muchas de esas habilidades se conviertan en commodities: servicios abundantes, rápidos y cada vez más baratos.
Quizá pronto veamos el equivalente digital de aquellos carteles:
“Se hacen páginas web.”
“Se hacen apps.”
“Se hacen pautas a domicilio.”
“Se automatizan negocios.”
Cuando todos pueden ejecutar, saber ejecutar deja de ser suficiente.
La ventaja ya no estará en dominar una herramienta, escribir código o lanzar una campaña. Estará en saber qué construir, para quién, por qué, con qué objetivo y cómo convertirlo en resultados.
La IA no está eliminando todos los trabajos digitales. Está cambiando dónde vive el valor.
La pregunta es incómoda: ¿qué parte de tu trabajo seguirá siendo valiosa cuando cualquiera pueda producir el entregable en minutos?